En el corazón más quieto de Castello, entre Campo San Martino y el rio delle Gorne, corre una fondamenta de nombre singular: Fondamenta dei Pennini. Nada de familias patricias ni santos —aquí, cuenta el Tassini, había un «spaccio di penini», es decir de patitas hervidas de cordero y de castrado, la comida pobre que Venecia compraba ya lista en las tiendas—.