Las dos torrecillas blancas que cierran la dársena parecen tan antiguas como la basílica, y muchos las confunden con obras palladianas. En realidad cuentan el período más bajo de la historia de la isla, el que siguió a la caída de la República. En 1806 Napoleón suprimió el monasterio y los monjes fueron concentrados en Santa Giustina de Padua; un solo religioso, Placido Ragazzi, no quiso abandonar la isla.