En el centro de la capilla más suntuosa de la iglesia —mármoles rojos, oro, estatuas y nubes doradas—, baja la mirada al suelo. Hay una losa oscura, sin escudos ni retratos ni una sola línea de elogio: solo dos palabras latinas, MANIN CINERES, «las cenizas de los Manin». Bajo esa piedra descansa Ludovico Manin, el centésimo vigésimo y último dux de la Serenísima.