En el extremo oriental de Venecia, la calle que hoy se llama Paludo di Sant’Antonio lleva en su nombre el recuerdo de su origen: aquí había una velma, una zona de marisma lagunar que el Consejo Mayor donó en 1334 a dos ciudadanos para que la consolidaran y la hicieran habitable. Sobre aquel terreno construyeron primero una casa de madera, que entregaron a fray Giotto degli Abati; en 1346 fundó allí la iglesia y el monasterio de Sant’Antonio.