En el alféizar de una ventana de la planta baja, en una casa con el enlucido rojo, alguien grabó hace siglos una pregunta en latín. Las letras mayúsculas, gastadas por el aire salobre, se leen con dificultad: SI DEVS E PRO NOBIS QVIS CONTRA…, y ahí la frase se interrumpe, devorada por el enlucido y por el tiempo. Sobre esa E hay un signo horizontal, una raya de abreviatura que equivale a «est».