Cuando en 1375 se erigió esta iglesia, en el contrato había una cláusula curiosa: el monasterio debía dar cada año al obispo de Castello una libra de incienso, dos naranjas y dos frascos de vino. Un censo simbólico, pero que había que pagar cada año, y que vinculaba el monasterio a la diócesis. Las monjas venían de lejos.