En el último extremo de Cannaregio, donde la fondamenta se asoma a la laguna abierta, se alza una de las iglesias más pequeñas y más septentrionales de Venecia: la Cappuccine, levantada entre 1614 y 1623 para un convento de monjas capuchinas que tenía la huerta hasta el agua. La dedicaron a tres nombres a la vez —a María Madre del Redentor, a san Francisco y a santa Clara, la regla y sus fundadores en una sola iglesita—.