En 1493 el Senado de la Serenísima decidió que Venecia merecía un reloj nuevo: el viejo, en un nicho de la Basílica, no tenía ni siquiera esfera y las horas solo se sentían de oído, con los toques de campana.
En 1493 el Senado de la Serenísima decidió que Venecia merecía un reloj nuevo: el viejo, en un nicho de la Basílica, no tenía ni siquiera esfera y las horas solo se sentían de oído, con los toques de campana.
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