Colgado en una capilla lateral hay un crucifijo tardogótico de tamaño mayor que el natural, de madera de arce pintada, modelado entre finales del siglo XIV y las primeras décadas del XV. Los venecianos lo llaman el «crucifijo parlante», y el apodo no es una leyenda: la cabeza de la escultura está excavada a modo de cáscara para alojar un mecanismo —del que sobrevive un fragmento de cuerdecita— que hacía mover la lengua dentro de la boca.