Marco vuelve de Aquilea, donde acaba de fundar la primera comunidad cristiana de Occidente, cuando una tormenta lo obliga a refugiarse en un jirón de tierra emergida en la laguna de Rivoalto. Aquí se duerme, y en sueños un ángel le anuncia: «Pax tibi Marce Evangelista meus», paz a ti, Marcos, evangelista mío: en este lugar un día descansará tu cuerpo, y serás el protector de la ciudad que surgirá.