En el tranquilo campo de Dorsoduro se abre la que muchos llaman la «capilla Sixtina» de Paolo Veronese: San Sebastiano —«San Bastian», dicen los venecianos—, la iglesia de los frailes Jerónimos que el pintor transformó, entre 1555 y 1570, en el más extraordinario autorretrato colectivo de la pintura véneta: techos, frescos, órgano, presbiterio e incluso las puertecillas del coro.