Parece un pedazo de Milán transplantado a Castello. En el Campazzo de l’Erba, que hasta el siglo XIX era un terreno herboso donde se dice que pacía incluso el ganado, las fachadas internas corren en largos balcones de hierro uno sobre otro, unidos por una escalera de caracol de fundición: son las «case a ringhiera», la tipología clásica de la construcción obrera lombarda, aquí en versión veneciana —y casi un unicum en la ciudad.