En el atrio de Ca’ Loredan las columnas llevan las marcas de manos desconocidas: sobre el segundo fuste alguien grabó un hombrecillo de cuerpo entero, con la pipa quieta en la boca y un detalle que salta a la vista — no tiene brazos. En las columnas de alrededor quedan otros retratos grabados de medio busto: ninguna firma, ninguna fecha, solo el gesto de quien quiso dejar huella de sí sobre la piedra.