A la entrada del canal de Cannaregio, junto a la iglesia de San Geremia, la colosal mole barroca del Palazzo Labia —el último de los grandes palacios construidos en Venecia— es el vértice de la ostentación del siglo XVIII: la casa que una familia catalana de riquísimos mercaderes —ciudadanos beneméritos desde hacía dos siglos, admitidos al patriciado en 1646 con trescientos mil ducados ofrecidos para la guerra de Candia— construyó para demostrar que había llegado.