En un callejón sin salida de Castello, apenas fuera de los muros del Arsenal, la maravilla no está en las paredes: está bajo los zapatos. El empedrado de Ramo de la Tana parece el de cualquier otra calle, pero en el último tramo los rectángulos se vuelven cuadrados e irregulares, y en medio aparecen losas cortadas en triángulo, encajadas unas en otras como las piezas de un mosaico.