Sobre la fachada de ladrillos rojos de la casa donde Jacopo Robusti, llamado el Tintoretto, vivió y trabajó los últimos veinte años de su vida, hay un habitante de más que casi nadie nota: una pequeña figura de piedra clara apoyada sobre una ménsula entre las ventanas, a media altura de la pared. Es un Hércules desnudo, apoyado en su clava, erosionado por los siglos pero aún en su sitio.