A dos pasos de la Plaza de San Marcos, la iglesia de San Moisè luce una de las fachadas más discutidas de Venecia: un triunfo barroco de mármoles, estatuas y cenotafios que John Ruskin despreció como «manifestación de insólito ateísmo».
A dos pasos de la Plaza de San Marcos, la iglesia de San Moisè luce una de las fachadas más discutidas de Venecia: un triunfo barroco de mármoles, estatuas y cenotafios que John Ruskin despreció como «manifestación de insólito ateísmo».
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