Los venecianos lo llaman cariñosamente el paròn de casa, el dueño de casa: noventa y ocho metros y medio de ladrillos rojos que desde hace más de mil años vigilan la plaza. Nació como torre de avistamiento a finales del siglo IX, cuando las incursiones de los húngaros obligaron a Venecia a defenderse: desde allá arriba se espiaban los barcos que llegaban y se guiaba a los amigos hacia el puerto.