Colgada de una ménsula de hierro forjado, en el primer piso de una casa cualquiera, hay una cabeza de hombre grande como la real: cobre laminado dorado, corona de laurel, los rasgos fieros. Es la última enseña de farmacia que queda en su sitio en toda Venecia —la de la especiería «alla Testa d’Oro», abierta aquí, a los pies del Puente de Rialto, cuando las tiendas se reconocían por las figuras y no por los letreros, porque casi nadie sabía leer.