En Venecia no se puede jugar a las bochas: faltan las avenidas, las aceras, incluso un pañuelo de tierra batida. Sin embargo, detrás de ese muro vive uno de los últimos clubes de bochas del centro histórico. Dentro hay tres pistas cubiertas de casi veintiocho metros, un bar con los trofeos a la vista y la tribuna de cincuenta localidades: un mundo que nunca sospecharías, a dos pasos de las plazas más frecuentadas de Dorsoduro.